Mi madre hubiese sabido encontrarla, te preguntas: ¿Qué? Y te digo que mis ganas de respirar. Sí, no tengo ganas de respirar, ni de sentir, ni de hablar, ni de ver. Quiero una cerveza y un cigarrillo, pero mis piernas no me funcionan como para ir hasta la tienda, eh ahí cuando digo que las relaciones a distancia no funcionan, mi relación con mis vicios, no funcionan. Dejaría el cigarro, pero sé que tiene sentimientos por mí y yo tengo sentimientos por él, además no me gusta romper corazones, prefiero romperle la cara a mi vecino y a su estúpida música popular. Mi reloj marca las 4:22 PM, mi cuarto huele a cloroformo, es por eso que estoy desmayado en mi cuarto o simplemente huele a anciano pensionado y sudoroso.
No quiero levantarme, no quiero abrir mis ojos, no quiero sentir el mundo y que este comience a correr y que yo apenas me este poniendo mis pantalones, y este se aleje mientras busco las llaves de mi casa y pongo desodorante, de ese de bolita que tanto me agrada, y tenga que correr 23 kilómetros para alcanzarlo para después tomar un taxi y decirle al taxista “Mierda, siga eso, es mi mundo” y el taxista no me lleve baratiado, entonces me toque seguir corriendo hasta que caiga la noche, esa fría noche en donde las luces sean como pequeños ojos observantes. Esa noche con olor a cigarrillo, aguardiente y sudor. Esa noche donde diga “¡Que noche!”.
Te vi, te sentí, te olí. ¡Quieto ahí mundo! No te muevas, te tomare por la fuerza y te morderé hasta que quedes inconsciente y no vuelvas a arrancar sin mí, sin tu dueño. Pareces una gacela saltando entre las personas, entre los miles de cuerpos que sólo están en discotecas en busca de placer momentáneo y satisfacción fácil. Ellos mueven sus cuerpos sin darle importancia al mañana y tú, mi mundo, sólo observas hasta que el amanecer de la cara y diga “Esta gente, siempre tan animada, tan llena de vida. Volviendo todo un mierdero”
Te encontré, te tomé, te abracé. “Hola mundo” – te dije – y tú sólo mi miraste con cara de “llévame a la cama que no puedo caminar” Te tome como si fueras un bebé indefenso y en el camino me contaste lo divertido que la pasaste anoche, de lo drogado que estabas, y de lo mucho que bailaste con no sé cuantas rameras. Te dejé en mi cama, te abrigué bien, te conté una historia y te di un beso de buenas noches antes de salir del cuarto.
Y en ese momento me di cuenta de que mi cuarto sí olía a cloroformo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario