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27 nov 2011

La mejor puntuación

Por: Juan David Montes
Yacía en el medio de un pradito mojándome la cabeza con la manguera. Un perro estaba cerca de mí, grande y con un pelaje brillante. “Ojo que ese es bravo”, me decía mi tía. ¿Bravo? Si se veía adorable cómo me miraba, con su lengua afuera y sus ojos decorados con una mancha blanca en la parte izquierda. “No se acerque a la perra que está en calor porque sí no el otro perro le tira”.  Ojalá hubiese escuchado eso bien antes.
En un descuido dejé caer el celular mientras corría jugando con la manguera, pero fue grata la sorpresa al encontrarme una pelota de plástico, desinflada y sucia.  Morada y suave por el poco aire que contenía.  Un leve golpe bastó para mandarla a volar por encima del prado y ¡¡¡oh, desgracia!!!, cayó justo cerca de la casa de  la perra en calor.
“¡¡¡Ojo!!!”, fue lo único que escuché al percatarme que venía un perro detrás con la intención de descargar su mortal ira sobre mí. “¡¡¡Corra, no mire para atrás!!!”, me decía a mí mismo mientras a pie limpio corría por ese campo lleno de piedras. Sentía el sonido de sus patas cada vez más cerca, saboreando ya su próxima presa. Mi corazón latía a mil pensando en el fin que me esperaba, pensando que hasta acá llegaba mi vida, que me iba a acabar un perro; hasta en mi epitafio alcancé a pensar: “Corrió por su vida, pero un perro lo alcanzó”.  “Hijueputa”, fue lo único que alcancé a gritar. Sentí un salto y en ese instante todo se movió en cámara lenta.  En medio del pánico imaginé la escena: el perro en el aire con su boca abierta y la saliva volando. Las hojas pasando por mi espantado rostro, ya con lágrimas. Sentí que en ese momento sonaba Nessundorma, de Pavarotti, acompañando con su ritmo al peludo atacante volador. Y justo como esperaban, pasó. El perro alcanzó mi nalga izquierda y la mordió como si fuese un suculento pedazo de jamón.  Caí al suelo como un costal, inmovilizado por el perro. Pensé que con mi nalga sería suficiente, pero no.  Siguió mordiéndome, pero está vez era mi brazo.  Lo único que hice fue gritar mientras golpeaba inútilmente al feroz animal con el otro brazo.
Pero resulta que estos adorables perros Bulldogs son conocidos porque la mayor parte de su fuerza se concentra en la boca. Después de forcejear con él pude soltarme y alejarlo propinándole una patada. Lo que menos esperaba es que él me volviera a perseguir y esta vez agarrara mi pierna.
Pobre de mí, pobre de mi pierna y mi brazo, pobre de mi trasero, pobre del perro que lo pensaba asesinar esa noche mientras todos dormían –lo cual no hice–.
¿Ahora qué viene? ¿Morder mi cara? No jodás. Llegué a pensar que iban a amputar el brazo o un asunto así, pero no.  En el momento en que el perro estaba sobre mí apareció como un ángel salvador un trabajador de la finca y con un certero golpe el perro quedó atontado en el suelo.  Con la ayuda del ángel llegué a la casa. No sentía dolor hasta que vi las heridas: mi nalga, mi pierna y mi brazo cubiertos de sangre.
El hombre me llevó hasta el hospital más cercano.  Lo que siguió fue la curación y la cocida de las heridas.  Mi cara de sufrimiento y las lágrimas en el rostro indujeron a una mujer negra, de unos 45 años de edad, a curar mis heridas con toda la delicadeza del mundo.  Me montaron en una camilla, acostado boca abajo, por la nalga. Me desinfectaron y me aplicaron como 3 inyecciones por si alguna infección.  “Listo, llave”, “no se puede mover mucho o si no se le sueltan esos puntos”, fue la recomendación de mi negra enfermera.
Dos puntos en un brazo, cuatro en la pierna y tres en la nalga.
¡¡¡Qué buen puntaje!!!  Pero, ¿qué me gané y dónde reclamo el premio? 

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