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25 ago 2011

¡ Píííí !

Por: Juan David Montes Agudelo

El domingo en la mañana, me levanté con la gratificante noticia de que mi padre había vuelto de viaje. Aun no se había pagado mi semestre en la universidad y sólo quedaba plazo hasta el lunes, lo cual me tenía algo estresado. En la mañana siguiente me levanté preparado para ir a pagar mi semestre,  mi padre ya había dado el dinero y yo ya conservaba en un viejo cajón el recibo de pago, ya un poco arrugado de estar tan guardado. A las 2:00 pm ya estaba montado en el taxi con el dinero y junto con una prima, la cual me iba acompañar a pagar. Al llegar al banco había una fila de 12 ó 13 personas. Mi prima se sentó a esperar mientras que yo hacia la fila detallando cada una de las personas que se encontraban presentes. Delante de mí había una mujer negra, alta, demasiado flaca y pelo corto como su vestido, me miraba de reojo una y otra vez, sus piernas eran demasiado delgadas, tanto que un señor detrás de mí en voz baja decía: “Pobre, no tiene en qué sostenerse”.

   A medida que pasaba el tiempo, la fila se iba acortando, hasta que por fin llegó mi turno, la señorita tomó el recibo y lo pasó por la máquina registradora con un láser varias veces, pero esta no leía el código de barras, ella me dijo “Tienes que sacar una nueva hoja impresa, ya que esta, por lo vieja no lee el código” así que supe qué me tocaría caminar hasta la universidad. Desde el centro comercial Victoria, hasta la FUAA, no había mucho recorrido, pero bajo el clima que estaba haciendo se prolongaba más de lo normal la distancia. El sol me daba en todo el cuello, mi pelo se calentaba y por mi espalda bajaban gotas de sudor. Decidí ir solo hasta la universidad y dejar a mi prima con el dinero en el banco, por seguridad claro. Al llegar me acerqué a “registro y control” le conté a la señora que se encontraba situada ahí mi pequeño problema y esta de inmediatamente me dio una nueva copia sin pensarlo dos veces. El camino de ida se hizo más corto que el de venida. Llegué al banco con la hoja nueva, no tuve que hacer fila ya que la señorita dijo que me atendía por un ladito. Me acerqué con la hoja nueva, por mi cara bajaban gotas de sudor y mi pulso estaba acelerado, ella tomó la hoja y la pasó por el láser, pero este no sonó de nuevo, quedé atónito y ella me dijo: “Esto está impreso en maquina normal, la hoja tiene que ser impresa con láser”, al escuchar esas palabras tenía ganas de arrancarme una güeva y mentarle la madre a la señorita por no haberme dicho desde un principio. Salí afanado del banco otra vez. “Vida hijueputa la mía” me decía a mí mismo por dentro, mientras corría por toda la novena. El camino fue algo eterno, el sol se puso más picante que nunca y me dolían ya las piernas de tanto andar de aquí para allá y de allá para acá.          
  
   Entré a la universidad y a la misma señora de antes le conté otra vez mi pequeño problema, ella me hizo pasar y me dijo que la oficina que queda al lado del ascensor me resolvía eso, rápidamente me dirigí hacia allá, entré en una habitación amplia, tenía aire acondicionado, en ese instante quería quedarme ahí toda la tarde, descansar, tomar algo, acostarme y recibir el frío aire de esa majestuosa habitación. Una de las niñas que trabajan ahí me atendió y en un par patadas ya tenía sobre mis manos el recibo de pago impreso a láser, salí y corrí con la hoja en mis manos, atesorándola como si fuese algo más que un simple papel, era mi futuro en un papel, mi semestre, mi educación estaba ahí. Casi siendo atropellado por varios carros, cruzando calles, corriendo en medio de la gente, sintiendo el sol y las gotas de sudor sobre mi cara, llegué al banco, de inmediato me acerqué por el ladito, le entregué la hoja a la señorita, la miro detalladamente y la pasó por la máquina, mi corazón palpitaba rápidamente, no sé si era por los nervios de que la hoja no funcionara o si era por lo agitado que estaba de tanto correr, paso la hoja una, dos, tres veces, hasta que escuché “¡Pííííí!” en ese instante sentí un descanso dentro de mí. “Hijueputa casi que no” le decía a mi prima. Pasé el dinero, ella lo contó y me entregó la factura. Al salir del banco sentí como si el viento soplara más fuerte de lo normal, el sol bajara y todo se pusiera fresco. Una felicidad inmensa circundaba dentro de mí. Haber pagado el semestre se sintió casi como si hubiera ido al baño a orinar después de varios meses de dolor y angustia. 

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