Mi galería
27 nov 2011
El arte, la calle y la vida
Video realizado por estudiantes de distintos semestres de comunicación audiovisual y multimedios de la Fundación Universitaria del Área Andina Seccional Pereira (Colombia) para el 1er Concurso Latinoamericano de Video "Ciudadanía en las calles" convocado por la revista de reflexión latinoamericana Distintas Latitudes (www.distintaslatitudes.net)
Que rico huele afuera
Mi madre hubiese sabido encontrarla, te preguntas: ¿Qué? Y te digo que mis ganas de respirar. Sí, no tengo ganas de respirar, ni de sentir, ni de hablar, ni de ver. Quiero una cerveza y un cigarrillo, pero mis piernas no me funcionan como para ir hasta la tienda, eh ahí cuando digo que las relaciones a distancia no funcionan, mi relación con mis vicios, no funcionan. Dejaría el cigarro, pero sé que tiene sentimientos por mí y yo tengo sentimientos por él, además no me gusta romper corazones, prefiero romperle la cara a mi vecino y a su estúpida música popular. Mi reloj marca las 4:22 PM, mi cuarto huele a cloroformo, es por eso que estoy desmayado en mi cuarto o simplemente huele a anciano pensionado y sudoroso.
No quiero levantarme, no quiero abrir mis ojos, no quiero sentir el mundo y que este comience a correr y que yo apenas me este poniendo mis pantalones, y este se aleje mientras busco las llaves de mi casa y pongo desodorante, de ese de bolita que tanto me agrada, y tenga que correr 23 kilómetros para alcanzarlo para después tomar un taxi y decirle al taxista “Mierda, siga eso, es mi mundo” y el taxista no me lleve baratiado, entonces me toque seguir corriendo hasta que caiga la noche, esa fría noche en donde las luces sean como pequeños ojos observantes. Esa noche con olor a cigarrillo, aguardiente y sudor. Esa noche donde diga “¡Que noche!”.
Te vi, te sentí, te olí. ¡Quieto ahí mundo! No te muevas, te tomare por la fuerza y te morderé hasta que quedes inconsciente y no vuelvas a arrancar sin mí, sin tu dueño. Pareces una gacela saltando entre las personas, entre los miles de cuerpos que sólo están en discotecas en busca de placer momentáneo y satisfacción fácil. Ellos mueven sus cuerpos sin darle importancia al mañana y tú, mi mundo, sólo observas hasta que el amanecer de la cara y diga “Esta gente, siempre tan animada, tan llena de vida. Volviendo todo un mierdero”
Te encontré, te tomé, te abracé. “Hola mundo” – te dije – y tú sólo mi miraste con cara de “llévame a la cama que no puedo caminar” Te tome como si fueras un bebé indefenso y en el camino me contaste lo divertido que la pasaste anoche, de lo drogado que estabas, y de lo mucho que bailaste con no sé cuantas rameras. Te dejé en mi cama, te abrigué bien, te conté una historia y te di un beso de buenas noches antes de salir del cuarto.
Y en ese momento me di cuenta de que mi cuarto sí olía a cloroformo.
La mejor puntuación
Por: Juan David Montes
Yacía en el medio de un pradito mojándome la cabeza con la manguera. Un perro estaba cerca de mí, grande y con un pelaje brillante. “Ojo que ese es bravo”, me decía mi tía. ¿Bravo? Si se veía adorable cómo me miraba, con su lengua afuera y sus ojos decorados con una mancha blanca en la parte izquierda. “No se acerque a la perra que está en calor porque sí no el otro perro le tira”. Ojalá hubiese escuchado eso bien antes.
En un descuido dejé caer el celular mientras corría jugando con la manguera, pero fue grata la sorpresa al encontrarme una pelota de plástico, desinflada y sucia. Morada y suave por el poco aire que contenía. Un leve golpe bastó para mandarla a volar por encima del prado y ¡¡¡oh, desgracia!!!, cayó justo cerca de la casa de la perra en calor.
“¡¡¡Ojo!!!”, fue lo único que escuché al percatarme que venía un perro detrás con la intención de descargar su mortal ira sobre mí. “¡¡¡Corra, no mire para atrás!!!”, me decía a mí mismo mientras a pie limpio corría por ese campo lleno de piedras. Sentía el sonido de sus patas cada vez más cerca, saboreando ya su próxima presa. Mi corazón latía a mil pensando en el fin que me esperaba, pensando que hasta acá llegaba mi vida, que me iba a acabar un perro; hasta en mi epitafio alcancé a pensar: “Corrió por su vida, pero un perro lo alcanzó”. “Hijueputa”, fue lo único que alcancé a gritar. Sentí un salto y en ese instante todo se movió en cámara lenta. En medio del pánico imaginé la escena: el perro en el aire con su boca abierta y la saliva volando. Las hojas pasando por mi espantado rostro, ya con lágrimas. Sentí que en ese momento sonaba Nessundorma, de Pavarotti, acompañando con su ritmo al peludo atacante volador. Y justo como esperaban, pasó. El perro alcanzó mi nalga izquierda y la mordió como si fuese un suculento pedazo de jamón. Caí al suelo como un costal, inmovilizado por el perro. Pensé que con mi nalga sería suficiente, pero no. Siguió mordiéndome, pero está vez era mi brazo. Lo único que hice fue gritar mientras golpeaba inútilmente al feroz animal con el otro brazo.
Pero resulta que estos adorables perros Bulldogs son conocidos porque la mayor parte de su fuerza se concentra en la boca. Después de forcejear con él pude soltarme y alejarlo propinándole una patada. Lo que menos esperaba es que él me volviera a perseguir y esta vez agarrara mi pierna.
Pobre de mí, pobre de mi pierna y mi brazo, pobre de mi trasero, pobre del perro que lo pensaba asesinar esa noche mientras todos dormían –lo cual no hice–.
¿Ahora qué viene? ¿Morder mi cara? No jodás. Llegué a pensar que iban a amputar el brazo o un asunto así, pero no. En el momento en que el perro estaba sobre mí apareció como un ángel salvador un trabajador de la finca y con un certero golpe el perro quedó atontado en el suelo. Con la ayuda del ángel llegué a la casa. No sentía dolor hasta que vi las heridas: mi nalga, mi pierna y mi brazo cubiertos de sangre.
El hombre me llevó hasta el hospital más cercano. Lo que siguió fue la curación y la cocida de las heridas. Mi cara de sufrimiento y las lágrimas en el rostro indujeron a una mujer negra, de unos 45 años de edad, a curar mis heridas con toda la delicadeza del mundo. Me montaron en una camilla, acostado boca abajo, por la nalga. Me desinfectaron y me aplicaron como 3 inyecciones por si alguna infección. “Listo, llave”, “no se puede mover mucho o si no se le sueltan esos puntos”, fue la recomendación de mi negra enfermera.
Dos puntos en un brazo, cuatro en la pierna y tres en la nalga.
Una mente brillante
Una mente brillante es una película dirigida por el estadounidense ganador del Óscar, Ron Howard. La película habla sobre la vida de John Nash un genio interpretado por Russell Crowe, que comienza como estudiante en Princeton, Nash se vuelve reconocido por ser un gran matemático con una extraordinaria habilidad sobre los números, lo que le permitió establecer soluciones a problemas nunca resueltos. Él consigue una teoría que le da un puesto como profesor en una reconocida universidad donde conoce a la alumna Alicia Lardé que es interpretada Jennifer Connelly, que le enseña que las leyes de las matemáticas no son nada comparadas con las leyes del amor. Lo que Nash y nadie sabía, era que una parte de su vida era una fantasía creada por la esquizofrenia, lo cual lo hace ver gente y visitar lugares que nunca existieron.
El gran conflicto de Nash es luchar contra su propia realidad y dudar de todo lo que lo rodea para encontrar la forma de salir adelante. Aunque consigue controlar su enfermedad gracias al tratamiento médico, a su esfuerzo intelectual y a su esposa. Y sigue trabajando hasta que en 1994 recibe un premio Nobel.
![]() |
Es una película con un toque dramático, romántico, comedía y suspenso. Cuenta con un gran reparto de actores, una escenografía muy bien hecha y un guión estupendo que da los detalles primordiales para que la historia fluya de una manera agradable.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
